Octanajes de vino

Llevaba rotulado sobre sus lomos una llamativa “R” reflejada en un espejo “ЯR”. Comenzaron a llamarle “Redoble” porque desconocían su significado y él tampoco era muy dado a dar explicaciones innecesarias.

Los había conocido por casualidad, como suceden muchas cosas en esta vida. Era primavera alta cuando acamparon bajo la sombra fresca de los esbeltos árboles que escoltan el cauce del Talanda, un arroyo sin importancia fluvial, pero de un sentimiento especial para quienes lo han conocido toda la vida, porque su curso se mantiene invariable siglo tras siglo. Eran hombres de aspecto rudo pero de corazón tierno, al contario de los peluches, algodonosos en apariencia pero sin alma.

Vestían ropas raras, pero a la vez atractivas, aunque la mayoría era monocolor: negro. Pero no un negro cualquiera, sino el negro del elegante cuero, el que contiene varias capas de barniz de poliuretano para darle el aspecto de charol.

Sus adolescentes ojos se enamoraron al instante de la sirena engalanada con pantalón ajustado negro, chupa del mismo color y con la cabeza rematada con un alborotado penacho de rizos dorados. Sabía que era un amor inalcanzable, pero la mancebía tiene eso, que convierte lo imposible en viable, el sueño en presencia y el delirio en accesible.

Corrió al pajar de su tío-abuelo. Estaba seguro que allí la había visto, escondida en un rincón. Le temblaban las manos cuando tiró tímidamente de los sacos de esparto basto que la cubrían. Allí estaba. Tal cual la recordaba se le mostró. Cubierta por una espesa manta –no ligera capa- de polvo marrón que impedía descubrir si era verde o roja.

Era una birria, pero estaba enamorado. La contempló con detenimiento y la turbación que sufría hizo que la encontrara maravillosa, deseable, impresionante e incluso elegante, in, el no va más…

Le pasó el índice por el lomo y se lo tiñó de roña. El churre que escurría bajo el asiento le pareció normal.

Su primera intención fue volver a taparla para que continuara aletargada en el olvido por los siglos de los siglos… En lugar de eso tomó el saco y comenzó a despiojarla. ¡Qué buen abrillantador era el albardín!

A la segunda pasada descubrió el tesoro. El color original estaba comido por el tiempo y la mugre. El rojo impactante había mutado a un granate desvaído, sin brillo, mate… Los antaño niquelados radios aparecían corroídos por el óxido. El corazón, que se le suponía aún robusto, se ocultaba tras una solidificada capa de barro.

Le habían dicho que era una antigualla destartalada, sin valor, ajada y a la que no se le podía dar ya uso alguno. En la penumbra de la estancia, apoyada sobre el caballete, le evocó a un esbelto flamenco erguido sobre sus interminables patas esperando a su pareja para el cortejo nupcial en una larga cabalgada. La fealdad la hacía hermosa, la rareza en singular y la edad en innovadora.

Se empleó a fondo en el adecentamiento, pero aquello no salía ni con el esparto. Tomó un trozo de alambre y redobló sus esfuerzos para restregar sobre la tapa del cárter. El pequeño metal se introdujo por una ranura y el lodo saltó por los aires en minúsculos fragmentos. Este logro le animó a emprender con más ahínco la tarea y cuando el sudor emergía por cada uno de los poros de su piel cobró su recompensa. Allí estaba la respuesta del arcano. Era una simple palabra, no conocía su origen –ni falta que hacía- porque el todo designaba al objeto sin equívoco posible. Ya lo sabía pero leyó con deleite, separando cada una de sus sílabas para paladearlas con delectación: “Der-bi”.

En los siguientes meses, gracias a un amigo, aquella cenicienta arrinconada en un chiribitil fue transformada en una princesa lista para ser presentada en sociedad. Había llegado a la mayoría de edad. Sin embargo, la trataba como a una dama en su plenitud, sin darle sobresaltos ni disgustos para que le durara mucho tiempo.

Un año más tarde, por las mismas fechas, las riberas del Talanda volvieron a reunir a un nutrido grupo de jinetes. Allí se presentó, con un cierto temor y tal vez demasiada vergüenza, con su amada, porque no era tan sublime ni tan aristocrática como la de los forasteros.

Se acercó con temor, cabalgando a medio gas para no llamar demasiado la atención. Para no molestar.

– Pero chaval, ¿de dónde has sacado esa reliquia?, ¿sabes lo que es? –le preguntaron al verle aparecer-.

– Pues claro, una Derbi –contestó ilusionado-.

Comenzaron a mirarla como si no hubieran visto semejante ejemplar en sus vidas. Entre ellos pujaban dialécticamente para demostrar quién sabía más:

– Derbi –le dijo quién le había sometido al primer interrogatorio- es el acrónimo de DERivados de BIcicletas, una empresa catalana que se dedicaba a la reparación de bicicletas y más tarde montó una fábrica de motocicletas. Este modelo, en concreto, es la famosa Antorcha que salió al mercado en la década de los años 60 y que popularmente se conoció como “Derbi Paleta”, porque la mayoría de los obreros de la construcción tenían una.

– ¡¡Dios!! –exclamó otro- ¡¡cuántos recuerdos!! España se llenó de aquellas motos de tres velocidades, todo corazón, que no corrían a más de 50 y en llano. Estaban hechas para toda una vida y no las gastabas. Buen ejemplo es la de este chaval, que parece impecable. Bienvenido a la gran familia motera.

– ¡Ojo!! –puntualizó otro-. Eso de que no corrían es un decir, porque en 1969 es cuando nuestro querido y admirado “12+1” se proclamó campeón del mundo con una Derbi en la categoría de 50cc. ¡Y rodaba que se las pelaba!

Presintió que aquel momento era su bautismo como motero. Lo admitían en la tribu, aunque en su interior una disyuntiva entablaba una incruenta batalla. Por las venas de aquellos hombres corrían octanos, pero por las de él manaban taninos. Vino del bueno, del de siempre, del que dice la Biblia embriagó a Abraham.

Para confirmar la amistad le ofrecieron un vaso de refresco y lo que parecía una tortilla. Más que limonada aquello semejaba agua teñida con un poco de azúcar y un toque cítrico. Estaba imbebible, pero por educación y respeto hacia sus anfitriones la engulló lo mejor que pudo, disimulando el asco. Y no cesaban de llenarle el vaso, uno y otro y uno más…

Dicen que el vino desata las lenguas, abre los corazones y sella amistades. Y eso es lo que le pasó. Se le calentó la cabeza, más que el intelecto, y pregonó a cuantos quisieron oírle que, a partir de esos momentos, sería él quien se encargaría de llevar la merienda para todo el grupo.

¡Cuánto tiempo había pasado desde aquello! El primer encuentro con los moteros lo tuvo cuando era un adolescente y ahora ya era padre. Al poco tiempo es cuando decidió rotular su moto con sus siglas “ЯR” y desde aquel instante, año tras año, primavera tras primavera, en la pradera junto al Talanda, la tradición ya es fiesta.

Ramón, así es como se llama, acude cada año al encuentro transportando un “paquete” muy especial. Ha aprendido, con mimo, a cocinar unas patatas con bacalao, receta de su madre, heredada a su vez de sus ancestros. Y algo que no puede faltar, su vino, el que le enseñó a amar su padre y que él mejora añada tras añada.

Ahora, por las venas de todos ellos ya no corren octanos, sino tinto de Toro. Se han hecho adictos al Tardencuba, el vino de Ramón.

D.G.

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